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  • Feliz Navidad

    Y que se acabe pronto este año....

  • Noviembre

    He caído enfermo.

    No acabo de recuperarme de una cuando sin esperarlo me doy de bruces contra otro muro insalvable. Quisiera poder decirte que te necesito más que nunca, pero la enfermedad no me deja hacerlo. Esta gran amiga de toda la vida que merodea por tu mente, acechante, deseando poder entrar para quedarse. La misma que ahora se ha incrustado en las entrañas de mi alma, devorando lentamente la poca vida que de ti quedaba.

    ¡Qué inaccesible se ha vuelto todo lo que antes me pertenecía! Tú, yo, nosotros, nuestro futuro...

    la propia vida.

  • Caminos Comunes

    Quisiera no estar aquí, en mitad de todo, anhelando volverme invisible ante ti, para así no tener que admitir que te quiero. No hay nada que no llegue a sentir al tocarte, al besarte, al saberte más próxima a mí... al notarte tan dentro...

    Tengo la sensación de haber tirado por tierra la mitad de mi vida, de haberte alejado de mí injustamente, inconscientemente, cuando lo único que realmente deseaba era amarte y ser amado por ti.

    Ese miedo que nos aleja, que nos hace recorrer caminos opuestos, paralelos, y que ahora parece querer reunirnos en esta triste y solitaria intersección... la muerte de Isabel te ha devuelto a mí, y yo, incapaz como lo he sido siempre de negarte nada, te espero dispuesto a todo, absolutamente a todo lo que me pidas.

    Ya no tengo nada que perder.

  • Recuerdos Comunes

    Tenemos la sensación de habernos pasado la mitad de nuestras vidas compartiéndote. A nuestra manera, pero tomando de ti lo que cada uno siempre ha podido. De ti cogí todo cuando me diste, sin despreciar nada, ni siquiera aquello que implicaba extralimitarme, ni siquiera aquello que implicaba sufrimiento. Y aún estamos aquí, los dos, frente a frente, compartiendo tu ausencia, recordando viejos tiempos, los buenos, los malos, que ahora parecen buenos, comparados con lo que ahora está cayendo....

    Me asusta pensar qué será de nosotros cuando pase la tormenta. Me aterra imaginarte de nuevo frente a mí, sin él acechando, sabiéndome libre de toda atadura, sabiéndote libre de todo cuanto de mí te había separado...

    ... me asusta porque sé que cuando eso ocurra... ya nunca más tendré que compartirte.

  • Lugares Comunes

    Me ahoga la amplitud de las habitaciones. El espacio sobrante hace que nada tenga sentido, y que todo, absolutamente todo cuanto ella dejó tras de sí, acreciente más si cabe el vacío en el que ahora me consumo. Aún es pronto para regresar a esos rincones olvidados, y me refugio en la sala de estar, allí donde dispongo un improvisado dormitorio, tan vulgar como caótico, pero que pronto hago mío para sobrellevar aquel agónico octubre que a punto está de llevarme – sí, también a mí – de cabeza a la tumba.

    La primera persona que viene a verme es Javier, apenas dos semanas después del trágico desenlace, encontrándome en un estado francamente deplorable.

    “Siento muchísimo lo de Isabel”, - me consuela mientras parece recrearse en mi patética imagen -, “imagino por lo que debes estar pasando”.

    “Se sobrelleva”, - le miento encogiéndome de hombros -, “lo más duro ya ha pasado”.

    “Ya sabes que estamos aquí para lo que necesites, eh”...

    “Sí, ya lo sé”... – asiento antes de meterle de lleno en nuestro tema favorito –, “¿tenemos idea de dónde se ha metido Teresa?”

  • Guerra y Paz

    Teresa ya lo sabe. Ella lo sabe todo sobre mí, claro, y ahora también me sabe libre, igual que lo está ella... ahora ya sin Javier. Combatientes de una guerra en la que ya no queda nada, nada excepto nuestra soledad conjunta, nuestro campo de batalla, triste y solitario, sin soldados, sin fuego enemigo, acaso el eco de las últimas balas, silbando aún en los confines de nuestra memoria, pero nada más, y nada menos que tú y yo, igual que ha sido siempre, en mitad del fuego cruzado, y ahora, más que nunca... soldados malheridos...

    Querida Teresa, mostrémonos por fin tal y como verdaderamente somos... ahora que ya nada puede matarnos.

  • Cuarto día

    Un Sábado que no promete nada, primera página en blanco de una novela imprevisible, fortuita, inapetente como está este espítiru inquieto, apático en los albores de este otoño que se promete largo y tortuoso. Podría sacrificar toda una vida de éxitos por una sola tarde en tu compañía, vender mi alma al diablo, cual Fausto atolondrado, padecer de nuevo tu partida, una y mil veces, si aquello implicase amarte una y mil veces más.

  • Octubre

    No me gusta desandar el camino, aquel que recorrimos juntos huyendo de nuestra soledad, pues sé que de ti ya no queda nada, y de mí, poco más de aquel poquito que nunca quisiste llevarte. Me dejas sabiendo que nunca llegarás a dejarme, y aún así te despides de mí dolorida, resignada a tu suerte, a este destino al que siempre temimos, y al que ahora me enfrento en esta sombría mañana de otoño.

  • El escondite perfecto

    Hay tanta belleza en el adiós que no se marcha de ti, que no te deja... en el suspiro contenido, en la emoción de la eterna despedida... Abrazados frente a la terrible certeza de saber que se aleja, que me deja, que nos alejamos de todo... Hay tanta belleza en ese beso prolongado que sabemos último, en sus labios cobijados en los míos, reminiscencia del amor que ya es pasado...

    Márchate para siempre. Vete. Quedo en la noche solitario, observando ese cuerpo de mi separado, tú, que tan de mí fuiste... ¡cómo es que ahora me dejas de lado...!

    Amores ciertos. Amores vanos...

    Isabel... Isabel... Isabel...

  • Feliz año a todos

    Os he echado mucho de menos...

  • La cena

    Lo sé, lo sé, lo sé, lo sé, lo sé, lo sé.... me lo digo contínuamente, todos los días, una y otra vez. Retómalo, retómalo, retómalo. Vuelve a escribir, habla de ella, de lo que te ocurre, de lo que os ocurre.

    Cuéntales lo de vuestra última cita, en casa de Teresa.... Aquella encerrona tan impropia de una buena amiga... Habría preferido un vis a vis, un poco de privacidad, un poquito de sensibilidad por su parte. Cualquier cosa menos aquello. Estaba tan lejos de Teresa como no lo había estado nunca antes. Física y mentalmente. Casi cinco semanas sin vernos, sin hablar, sin echarla de menos (casi había olvidado esa sensación de paz interior, esa armonía conmigo mismo, con Isabel, sin el recurrente recuerdo de Teresa).

    Había olvidado la complicidad de su mirada, servil y cálida como cálidos eran sus besos... Había olvidado lo débil que me hacía sentir a su lado, lo vulnerable que me hacía parecer... Seducido y expuesto por culpa de una encerrona ante la que no estaba preparado...

    Cuando algo que te preocupa desaparece, cuando deja de atormentarte día tras día, te confías y piensas que ya no va a volver, que lo sufrido sufrido está, y que nada volverá a ser como antes...

    Pero...

    Llegamos a casa de Teresa y Javier. Sábado por la noche. No presagio nada, pero no estoy agusto. Habíamos hecho el amor en el baño, ocultos por la densa capa de vapor que lo inundaba todo. Aún tenía los labios de Isabel incrustados en los míos, tan adheridos a mí que aún me duraba el efecto de las últimas acometidas. Justo antes de tocar el timbre volví a besarla... pero yo no lo sabía... volvió a besarme sin saber que aquel sería nuestro último beso sincero, pero ella no lo sabía. Nuestra última muestra de cariño sincero. El fin de un idilio mágico con Isabel.

    Teresa nos recibe con una sonrisa forzada (“¿pero a esta qué le pasa?”, pensé mientras ayudaba a Isabel a quitarse el abrigo), y entonces se acerca a mí. Isabel se aleja, y ella se acerca a mí. La sonrisa deja de ser forzada, su mano se posa en mi mejilla, lentamente. Me estremezco. Sus labios buscan mi otra mejilla. Apenas la rozan, y pasan de largo buscando la complicidad de mi oído derecho.

    “Voy a dejar a Javier”, me susurra a traición.

    Isabel y Javier están en la cocina. Descorchando la primera botella de vino. Tengo muchísimo calor. No entiendo nada. No entiendo a Teresa, ni me reconozco a mí mismo, preso de mis propias vacilaciones. Cinco palabras para remover los cimientos de una relación que yo creía sólida... pero que no lo era...

    Creo que Isabel lo supo desde aquella misma noche. Desde aquel momento en el que, nada más verme entrar en la cocina, me miró y me dijo:

    ¿Todo bien... cariño?

  • Aún hay esperanza...

    Mientras haya latido hay esperanza. En esta fase en la que nada cambia, en la que nada nos altera, disfrutamos de la vida sin tener que recurrir al pasado, sin necesidad de recrearnos en el recuerdo de los primeros meses... Nuestra memoria vive ahora ajena al fantasma que lo cambiará todo, a esa horrible certidumbre de la separación, que revolotea sobre nuestros cuerpos sin hacer apenas ruido. Isabel sigue en su línea, fingiendo que no lo ve, que no lo oye, que no lo siente, pero el miedo se dibuja en su rostro, al igual que en el mío, que lo veo, lo oigo, lo siento...

    Aún no le he dicho que la quiero. Jamás me lo ha preguntado...

  • Gracias...

    Hola,

    Apenas me sale la voz del cuerpo.

    Estoy bien.

    Y ella también.

    Isabel está hermosa. Preciosa. Pasamos más tiempo juntos, sobretodo por las tardes, y solemos pasear por la Alameda ahora que empieza el buen tiempo. Solos. Nuestra soledad como principio inquebrantable de nuestra unión, o del bienestar de la misma. Aprendo a quererla cuando aprendo a tenerla para mí la mayor parte del tiempo, y ya ni siquiera me ausento cuando Teresa se manifiesta inesperadamente. A veces todo se reduce a un buen enfoque, y a saber mantenerlo contra viento y marea…

    Es maravilloso sentirse como yo me siento hoy….

    Porque la tormenta llega y la tormenta pasa…

    Y todo lo que a su paso deja se transforma y se renueva…

    ... Gracias a Memen, Caradura, Jill, Hyle, Lumi, Raq, Mun, y a quienes incluso en mi ausencia han seguido fieles a esta página.

  • La Confianza...

    La plena confianza con tu pareja existe no porque permitas o toleres todas esas cosas que decís, sino porque precisamente ni siquiera reparas en ellas, porque tu amor por esa persona es tan grande que dejas de cuestionar las cosas secundarias...

    Es cierto que antes o después el amor evoluciona, hasta el punto que la vergüenza no existe entre ambos, hasta el punto de compartirlo todo, de convivir en todo... aceptándolo todo... y gustándote todo de ella...

    Se acaba el subidón de los primeros meses, los encuentros apasionados que siempre te saben a poco, el echarle de menos a los dos segundos de despedirte.... se acaba, sí... Pero a cambio te has ganado su confianza, y eso, en una pareja, significa dejar de ser sólo tú, para pasar a ser tú y ella, y significa dejar de echarla de menos porque, llegados a ese punto, nada ni nadie podrá llegar a separaros nunca más...

  • Fantasmas del pasado...

    La amistad con Javier se forjó a raíz de un conflicto de intereses al que di puerta de la mejor manera posible, o de la única que supe, porque me encontré atrapado en un callejón sin salida del que no tenía ni idea de cómo escapar. Siempre me llevé bien con él, sin apenas tiranteces, siempre con solidaria corrección, y compartiendo la amistad de una persona muy especial a la que ambos, nunca lo escondimos, rendíamos pleitesía. No llegamos a competir por ella, entre otras cosas porque ella jamás lo habría consentido, pero en cierto modo sí que nos sentimos contendientes, sobretodo en una época en la que, recién acabado el instituto, temíamos perder el contacto entre nosotros…

    La elección de Teresa cayó sobre mí como un jarro de agua fría, partiéndome en pedazos el corazón, y obligando a replantearme muchísimas cosas, entre ellas mi amistad con Javier, y la dolorosa certidumbre de que sería él y no yo, quien disfrutaría del amor de la mujer con la que había soñado durante casi diez años. Ya no era Teresa, ni era Javier, eran los dos, en un todo o nada que a punto estuvo de hacerme perder la cabeza.

    El conflicto de intereses me hizo meditar hasta el agotamiento, sopesando las opciones que equilibraban la balanza, y al final no pude sino aceptar lo evidente, asumir que cualquier cosa era peor que estar sin ella, y que, me gustara o no, tendría que acostumbrarme a verla en brazos de otra persona… aunque esa persona fuese Javier…

    De modo que lo hice por ella, y por mí, claro, pero sobretodo por ella. Primero en encuentros esporádicos que yo pretendía hacer pasar por casuales, y más tarde en algún que otro cumpleaños “inoportuno” al que no tenía más remedio que acudir. Recuerdo aquellos días especialmente, sobretodo por la actitud esquiva de ambos, por lo embarazoso que resultaba todo. Recuerdo a Teresa con aquella mueca casi permanente de sentida disculpa, y a Javier, algo más huidizo, evitando quedarse a solas conmigo… Todo demasiado caótico, he de reconocer.

    Pero el tiempo lo cura todo, maldita mentira, ¿verdad? El tiempo no cura, ¡qué va! Porque una herida es una herida, que cicatriza pero no desaparece, seamos sinceros… Y si desaparece queda la cicatriz, y qué es la cicatriz, sino el recuerdo perpetuo de un sufrimiento pasado… Y el recuerdo, de esto estoy seguro, nunca llega a borrarse del todo…

    Quién me iba a decir a mí, después de tantos años, ahora que Isabel y yo empezábamos a encontrarle sentido a la vida, que aquel recuerdo latente iba a crearnos de nuevo tantos problemas…

    … a los cuatro.

  • El tránsito del invierno...

    Enero agoniza aterido en mitad del pasillo, derrengado tras cuatro semanas intensas de frío, jadeante y exhausto proyecta un resuello de alivio al saber que Febrero se adueña del tiempo, del que muere en él y se renueva en nosotros… sin que nada cambie, ni para bien… ni para mal… Lo dejo de lado y me mira advirtiendo mi ausencia, apenado al saber que no siento su marcha, y acomete el relevo sabiéndose ya consumido, asumiendo lo que ya no es, sino lo que fue… en los días que compartió con nosotros.

    Isabel amanece en un lecho vacío, cálido aún estando ella sola, y retoza escuchando el reclamo del agua de ducha, esa bajo la que me despierto sin ella, y que ahora rastrea semi-desnuda, deslizándose por el apartamento bajo una manta de fuego incandescente. El sonido le perturba y embelesa al mismo tiempo, imaginando encontrarse conmigo tras la chorreante mampara que nos separa, esa misma tras la que ahora contempla mi cuerpo desnudo, y que repliega lentamente mientras se va despojando de la manta, de la ropa, y de todo lo que le sobra cuando está frente a mí.

    Me encanta ver cómo sonríe mientras el agua se desliza por las comisuras de sus labios, cómo se baña en mi cuerpo mientras mis manos van sumergiéndose en el suyo… y cómo su piel se envenena al hacerlo, agitándose cada vez que mis dedos penetran en la capa de espuma que la recubre. Me encanta ese lapso de tiempo que precede al orgasmo, casi imperceptible, sí, pero igualmente intenso, en el que quedamos suspendidos en un estado de fingida ingravidez, para luego caer a plomo el uno sobre el otro, esclavos de nuestro deseo, pero dueños de nuestras propias vidas…

    Hoy es primero de mes, y ya hemos pasado el ecuador de una estación que comienza a notar los rigores del frío, los achaques de un invierno crudo y desapacible que ahora golpea con un nuevo temporal de lluvia y viento. El vendaval arremete contra las ventanas, haciéndolas resonar con ráfagas que se entrecruzan por todos lados, y que descienden a toda velocidad hasta el patio interior del edificio. Una nueva racha irrumpe violentamente en la casa, seguida de un destello que precede a un crujido seco y atronador.

    Nos quedamos sin luz. Toda la mañana de aquel primero de mes. Hasta bien entrada la tarde. A oscuras, los dos solos, con la sola compañía de las velas, y de una ciudad que parecía partirse en dos cada vez que un rayo aparecía desgarrando el horizonte…

    ..Y a los dos nos pareció un espectáculo ciertamente hermoso…

  • Ella dio primero...

    Trato de encontrar un equilibrio en mi interior, sin menospreciar lo que tengo, y por tanto no anhelo, ni magnificar lo que anhelo porque aún no ha llegado. Trato de pensar en mí y en lo que siento, y encontrar un porqué que lo justifique, sin compararme con nadie, y menos aún con ella. Porque cada uno siente lo que siente, a su debido tiempo, sin vincular necesariamente al otro, sin condicionar un “te amo” que ni tan siquiera es “proyecto”…

    En toda pareja siempre hay alguien que da el primer paso, alguien que se lanza al vacío del compromiso sin esperar nada a cambio, entregándose al otro, en cuerpo y en alma… con todas las consecuencias… Alguien que da más que el otro… y que además da primero.

    Asumo lo que siente por mí, y me halaga que así sea, sobretodo por el cómo… que no por el cuándo, pues no estaba preparado, y sé que se dio cuenta. Fue demasiado evidente, tanto o más que mi silencio, tanto o más que aquella lágrima de impotente alegría que debió parecerle del todo insuficiente.

    Nada es igual entre dos personas, nada en absoluto, después de una declaración de amor. Es un salto de fe, una muestra de valentía, una decisión que condiciona y modifica tu relación con esa persona por el resto de tu existencia. Abrir las puertas de tu vida, de tu alma, y entregar las llaves de tu corazón a esa persona por la que darías todo, incluyendo tu vida.

    Y ella dio primero, sí, y de qué forma.

    Porque me lo dijo a las claras, tal y como se dicen las cosas, mirándome fijamente a los ojos, comiéndome con la mirada, asegurándose de que entendía las implicaciones de aquellas dos palabras en toda su dimensión: “te amo”, me dijo. Y a fe que me lo había demostrado con creces en aquellas dos semanas de convivencia, día y noche, viviendo cada segundo como si fuese el último de nuestras vidas… amándonos, amándonos, amándonos… sólo que ella había sido capaz de decírmelo… y yo… por más que lo había intentado… no.

    Porque su corazón era mío, y el mío, muy a mi pesar, seguía siendo de ella…

  • Un encuentro de tres...

    Teníamos algo que celebrar, pero yo aún no lo sabía.

    Apuré mi tiempo todo lo que pude, en una de aquellas tardes en la que todo sale, y guardé el documento convencido de haber retomado el hilo de la historia en el punto exacto en el que lo dejé, minutos antes de que Laura me viniese a buscar el día de nochevieja. Habíamos acordado encontrarnos junto a la parada del centro comercial, en un punto intermedio entre su trabajo y mi apartamento, y salir luego a picar algo aprovechando que la tarde no era demasiado desapacible.

    El tiempo justo para darme una ducha, mandar un par de mensajes que aún tenía pendientes, y revisar el correo mientras llamaba a Isabel para avisarle que ya salía a su encuentro… o al menos ese fue mi pensamiento segundos antes de oír el timbre de la puerta…

    Sé que no tiene mucha lógica, pero debo confesar que en cierto modo esperaba encontrarme con ella ese día. No sabría precisar si se trató de un pálpito repentino, o de algo más profundo que una mera corazonada, pero aquella visita, aún siendo muy inoportuna, no me pilló en absoluto por sorpresa. Me abracé a ella con muchísima alegría, no en vano llevábamos más de dos semanas sin comunicación alguna, y la invité a pasar olvidándome por completo de mi cita con Isabel…

    Afortunadamente para mí… el lapsus fue sólo momentáneo…porque Teresa rehusó la invitación al entender que me disponía a salir de casa, y se ofreció a llevarme en coche hasta la parada del centro comercial. “Perfecto”, me dije incapaz de comprender lo inadecuado del ofrecimiento, “así nos pondremos al día durante el camino”. Me contó que Javier estaba de viaje, y que había bajado al centro a hacer unas compras aprovechando que era época de rebajas. Yo la dejaba hablar mientras me deleitaba con el movimiento acompasado de sus labios, con el timbre de su voz, mientras fantaseaba con una vida a su lado, en la que no tuviera que soñar con sus labios, ni con su voz, ni con ese deseo recurrente de despertarme cada mañana a su lado… Y entonces lo hice… una tontería, lo sé, pero lo hice, y esa estupidez me costó el primer disgusto con Isabel.

    - Vente con nosotros a tomar unas cañas – dije sin pensar en las consecuencias.
    - No, no – se negó, eso sí, sin mucha convicción –, no quiero ser un estorbo.
    - ¡Venga ya! Tú te vienes – le ordené al tiempo que veía a Isabel esperándome en la parada.
    - No sé si Isabel…
    - Isabel estará encantada – insistí erróneamente –, seguro que tenéis mucho de lo que hablar.

    Y tan seguro… porque la mirada glacial que me disparó nada más verme me dejó completamente petrificado. Nunca me había mirado así. De hecho nunca me había mirado sin su cautivadora sonrisa. Subió al asiento de atrás y nos saludó a ambos por igual.

    - Casi mejor que os dejo donde me digáis, yo tengo cosas que hacer – dijo Teresa mostrando su incomodidad.
    - No, no, yo quiero que te vengas, no pasa nada, en serio – ahora era Isabel quien insistía –. He tenido un mal día en el trabajo, eso es todo.

    ¿Un mal día? Nada comparable a la noche que me esperaba.

    El caso es que volvimos al centro, y dejamos el coche en un garaje próximo al restaurante en el que habíamos celebrado la cena de Navidad…en ese mismo restaurante…sí… Ese mismo al que Isabel, nada más bajar del coche, sugirió ir a cenar con un tono de voz que no presagiaba nada bueno. Salimos a la calle y enseguida asumí que el enfado iba para largo, porque se cogió del brazo de Teresa y ya no lo soltó hasta llegar a la misma puerta del restaurante.

    Prefiero no dar detalles sobre mi estado de ánimo en ese momento.

    Nos asignaron una mesa con un cartel de “reservado” que me golpeó directamente en el corazón. “Tenía una mesa reservada…para dos…perfecto”, maldije mientras el camarero añadía un tercer cubierto. Entonces Teresa se quitó la chaqueta, la colocó sobre el respaldo de su silla y se disculpó con un “voy un momento al servicio” que me dejó, por primera vez en toda la noche, sólo ante el peligro.

    Y entonces lo hizo. Fue increíble, de verdad. Me cogió ambas manos, suavemente, y me miró con esos ojos brillantes que tanto me gustaban, y me regaló una enorme sonrisa que en parte suavizó la angustia que sentía. Me miró y me dijo: “te amo, ¿lo sabes? Nunca he amado a nadie como te amo a ti. No lo olvides nunca. En este mismo sitio, hace hoy justo un mes, nos conocimos, nos miramos por primera vez, nos tocamos por primera vez. En estos últimos quince días me has hecho sentir más de lo que nunca he sentido en toda mi vida, y quiero que sepas que repetiría cada segundo compartido, cada caricia, cada beso, cada momento de amor que he vivido contigo. Recuérdalo siempre…”.

    Supongo que lo apropiado habría sido un “yo también te amo”, o un “gracias, cariño, te quiero”, o al menos un abrazo sincero con el que sellar una declaración de amor como aquella que me había regalado. Pero no fui capaz. No estaba preparado para aquello, y todo lo que hice fue besar su mano derecha, mientras me limpiaba la primera lágrima que Isabel veía caer por mi rostro.

    Teresa volvió del baño. Nos miró afectuosamente, como sólo ella sabía.

    - ¿Todo bien?
    - Sí, todo bien – contestó Isabel –, ¿verdad, cariño?
    - Así es – sonreí por fin –, todo está perfecto.

  • Juntos...

    Creo que nunca llegamos a planteárnoslo. Por ninguna de las dos partes. Simplemente ocurrió. Como ocurren muchas cosas que se asientan con el paso de los días, y a ambos nos pareció lo adecuado, o como dijo Isabel, “lo más conveniente”.

    El caso es que a mediados de mes Isabel se mudó a mi apartamento, o mejor dicho, terminó de mudarse, porque hasta entonces había ido trayendo pequeñas cosas que intencionadamente fue dejando tras cada una de sus visitas. El neceser, un par de mudas para los fines de semana, algunos libros, perfumes… así hasta que el apartamento se hubo impregnado de ella, de nosotros, y ya no concebíamos aquellas paredes el uno sin el otro…

    Todo iba a más, y cuanto más nos dábamos, más queríamos.

    Aprendimos a conocernos poco a poco, partiendo precisamente de aquellas pequeñas cosas que ahora compartíamos, sin apenas indagar en el pasado, en el suyo o en el mío, descubriéndose a mí, descubriéndome a ella, en un arranque de pasión que por momentos llegó a rozar el delirio, y que raras veces, ni siquiera en los primeros días, consiguió saciarnos del todo.

    Ya lo dije anteriormente: “Ella siempre dijo que fue un flechazo. Yo siempre dije que había sido mucho más que eso. Muchísimo más”.

    A duras penas conseguía aislarme durante el día, cuando me refugiaba en mis notas aprovechando que Isabel se marchaba a trabajar, y a menudo perdía la concentración aguardando impaciente su vuelta. La ansiedad como lastre insoportable en mis horas de soledad, en una batalla que tuve perdida durante largo tiempo, y que sólo conseguía mitigar cuando la sentía de nuevo entre mis brazos, cuando regresaba hasta mí para aplacar el deseo que también se había acumulado en su cuerpo a lo largo del día.

    Su cuerpo y el mío. Nada más.

    Y nada menos.

  • El beso de año nuevo...

    No rindo cuentas a nadie, salvo a mí mismo, y en aquellos momentos de prolongada incertidumbre decido que lo mejor es retomar el trabajo que durante tantos días había arrinconado. Me dejo llevar por la inercia de un año que toca a su fin, y espero impaciente la entrada de un enero repleto de veladas promesas, de un período de cambio, al menos así lo quería para mí, que equilibre y sosiegue esta etapa de inestabilidad emocional.

    Entro en una dinámica de trabajo que ya no abandono hasta la visita de Laura (la novia de Jaime, y hermana de Javier, que estaba sentada a mi izquierda la noche de autos), que me recoge pasadas las once de la noche del día treinta y uno de diciembre. La circulación es más densa de lo normal, y tardamos casi un cuarto de hora en recorrer una distancia que normalmente se cubre en menos de cinco minutos.

    Estamos en una zona residencial, construida sobre una de las cinco colinas que dicen sostienen esta maravillosa ciudad, en un barrio al que solíamos acudir con nuestras bicicletas todos los fines de semana. La casa de Jaime parece brotar entre los árboles que flanquean el perímetro de la finca, delimitada por un muro de piedra que la abraza, y por una verja antigua que antecede al camino achinorrado que lleva a la entrada principal. Hay mucha gente, aunque esto no es novedad en casa de Jaime, y mucho menos faltando veinticinco minutos para el año nuevo.

    “Anda, échame una mano”, me pide Laura mientras abre el maletero.

    Sacamos dos cajas de bebidas y rodeamos la casa buscando la puerta trasera. La de la cocina, donde nos recibe Patricia, con una espléndida sonrisa y dos copas de cava con “nuestros nombres” burbujeando impacientes. Los demás esperan en el jardín, y aunque hace frío nadie parece quejarse. Es la tradición…

    Nos cruzamos con rostros que no había visto en mi vida, charlando animadamente en torno a una mesa repleta de comida, y avanzamos hasta hacernos con un hueco justo al lado de la piscina. “Desde aquí se ve perfectamente”, comentó Patricia refiriéndose a la pantalla de televisión que Jaime había colocado en el centro del jardín. El reloj de la Puerta del Sol marcaba las once y cincuenta y tres minutos de la noche.

    Enseguida se nos une Carmen, la hermana melliza de Patricia, que trae una bandeja con ocho montoncitos de uvas envueltas en papel celofán. “Coge la tuya”, me pide después de saludarme con dos cariñosos besos. Las luces se apagan, y todos dirigimos nuestra mirada hacia el reloj que preside la plaza. Jaime se nos une a falta de tres minutos para las doce. Estoy nervioso y no sé por qué. Bueno, sí que lo sé, pero disimulo lo mejor que puedo cuando veo a Teresa acercarse cogida del brazo de Javier. Está preciosa. Hermosa, ya lo creo, y agradezco la oscuridad, como aliada para ocultar la mueca de impotencia que se dibuja en mi rostro. Dos minutos. Todos tienen su montoncito de uvas, pero aún queda uno en la bandeja. Nadie dice nada. Teresa me coge la mano, y la aprieta sin apartar la vista del televisor. ¡¡Qué me quieres decir!!

    Menos de un minuto. La bola empieza a bajar. Silencio.

    Intento concentrarme en la pantalla. En el reloj. ¡Otro año que se nos va! Cierro los ojos y pido un deseo. El mismo de todos los años. ¡Por favor, por favor! Aún no he perdido la esperanza. Siento que alguien me abraza por la cintura cuando empiezan a oírse los cuatro cuartos. Alguien me abraza por la cintura, sí, ahora con las dos manos. Está justo detrás de mí, y me suelta poco a poco mientras voy girándome lentamente. Me quedo sin palabras, prendado de su sonrisa, hipnotizado con el brillo de sus ojos, con el tacto de esas manos que ahora vuelvo a acariciar con emoción contenida. ¡Isabel!

    Despedimos y recibimos el nuevo año fundidos en un beso inolvidable, con el ruido de las campanadas de fondo, los fuegos artificiales, los vítores de los invitados de una fiesta que acaba de cobrar sentido para mí. Los demás se abrazan entre risas y deseos para el año nuevo, y nosotros volvemos a mirarnos, despreocupados de todo y de todos, incapaces de disimular la inmensa alegría que sentíamos en ese momento.

    - Bueno qué – me dijo mientras cogía el montoncito de uvas que aún quedaba en la bandeja –, ¿nos las tomamos ahora?
    - Por supuesto – contesté cogiendo yo el mío –, no vaya a ser que el año nos salga rana…

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