Teníamos algo que celebrar, pero yo aún no lo sabía.
Apuré mi tiempo todo lo que pude, en una de aquellas tardes en la que todo sale, y guardé el documento convencido de haber retomado el hilo de la historia en el punto exacto en el que lo dejé, minutos antes de que Laura me viniese a buscar el día de nochevieja. Habíamos acordado encontrarnos junto a la parada del centro comercial, en un punto intermedio entre su trabajo y mi apartamento, y salir luego a picar algo aprovechando que la tarde no era demasiado desapacible.
El tiempo justo para darme una ducha, mandar un par de mensajes que aún tenía pendientes, y revisar el correo mientras llamaba a Isabel para avisarle que ya salía a su encuentro… o al menos ese fue mi pensamiento segundos antes de oír el timbre de la puerta…
Sé que no tiene mucha lógica, pero debo confesar que en cierto modo esperaba encontrarme con ella ese día. No sabría precisar si se trató de un pálpito repentino, o de algo más profundo que una mera corazonada, pero aquella visita, aún siendo muy inoportuna, no me pilló en absoluto por sorpresa. Me abracé a ella con muchísima alegría, no en vano llevábamos más de dos semanas sin comunicación alguna, y la invité a pasar olvidándome por completo de mi cita con Isabel…
Afortunadamente para mí… el lapsus fue sólo momentáneo…porque Teresa rehusó la invitación al entender que me disponía a salir de casa, y se ofreció a llevarme en coche hasta la parada del centro comercial. “Perfecto”, me dije incapaz de comprender lo inadecuado del ofrecimiento, “así nos pondremos al día durante el camino”. Me contó que Javier estaba de viaje, y que había bajado al centro a hacer unas compras aprovechando que era época de rebajas. Yo la dejaba hablar mientras me deleitaba con el movimiento acompasado de sus labios, con el timbre de su voz, mientras fantaseaba con una vida a su lado, en la que no tuviera que soñar con sus labios, ni con su voz, ni con ese deseo recurrente de despertarme cada mañana a su lado… Y entonces lo hice… una tontería, lo sé, pero lo hice, y esa estupidez me costó el primer disgusto con Isabel.
- Vente con nosotros a tomar unas cañas – dije sin pensar en las consecuencias.
- No, no – se negó, eso sí, sin mucha convicción –, no quiero ser un estorbo.
- ¡Venga ya! Tú te vienes – le ordené al tiempo que veía a Isabel esperándome en la parada.
- No sé si Isabel…
- Isabel estará encantada – insistí erróneamente –, seguro que tenéis mucho de lo que hablar.
Y tan seguro… porque la mirada glacial que me disparó nada más verme me dejó completamente petrificado. Nunca me había mirado así. De hecho nunca me había mirado sin su cautivadora sonrisa. Subió al asiento de atrás y nos saludó a ambos por igual.
- Casi mejor que os dejo donde me digáis, yo tengo cosas que hacer – dijo Teresa mostrando su incomodidad.
- No, no, yo quiero que te vengas, no pasa nada, en serio – ahora era Isabel quien insistía –. He tenido un mal día en el trabajo, eso es todo.
¿Un mal día? Nada comparable a la noche que me esperaba.
El caso es que volvimos al centro, y dejamos el coche en un garaje próximo al restaurante en el que habíamos celebrado la cena de Navidad…en ese mismo restaurante…sí… Ese mismo al que Isabel, nada más bajar del coche, sugirió ir a cenar con un tono de voz que no presagiaba nada bueno. Salimos a la calle y enseguida asumí que el enfado iba para largo, porque se cogió del brazo de Teresa y ya no lo soltó hasta llegar a la misma puerta del restaurante.
Prefiero no dar detalles sobre mi estado de ánimo en ese momento.
Nos asignaron una mesa con un cartel de “reservado” que me golpeó directamente en el corazón. “Tenía una mesa reservada…para dos…perfecto”, maldije mientras el camarero añadía un tercer cubierto. Entonces Teresa se quitó la chaqueta, la colocó sobre el respaldo de su silla y se disculpó con un “voy un momento al servicio” que me dejó, por primera vez en toda la noche, sólo ante el peligro.
Y entonces lo hizo. Fue increíble, de verdad. Me cogió ambas manos, suavemente, y me miró con esos ojos brillantes que tanto me gustaban, y me regaló una enorme sonrisa que en parte suavizó la angustia que sentía. Me miró y me dijo: “te amo, ¿lo sabes? Nunca he amado a nadie como te amo a ti. No lo olvides nunca. En este mismo sitio, hace hoy justo un mes, nos conocimos, nos miramos por primera vez, nos tocamos por primera vez. En estos últimos quince días me has hecho sentir más de lo que nunca he sentido en toda mi vida, y quiero que sepas que repetiría cada segundo compartido, cada caricia, cada beso, cada momento de amor que he vivido contigo. Recuérdalo siempre…”.
Supongo que lo apropiado habría sido un “yo también te amo”, o un “gracias, cariño, te quiero”, o al menos un abrazo sincero con el que sellar una declaración de amor como aquella que me había regalado. Pero no fui capaz. No estaba preparado para aquello, y todo lo que hice fue besar su mano derecha, mientras me limpiaba la primera lágrima que Isabel veía caer por mi rostro.
Teresa volvió del baño. Nos miró afectuosamente, como sólo ella sabía.
- ¿Todo bien?
- Sí, todo bien – contestó Isabel –, ¿verdad, cariño?
- Así es – sonreí por fin –, todo está perfecto.